martes 29 de diciembre de 2009

Los escritores ingleses y la II República Española: John Conford (II y última parte)

John Cornford era apenas un muchacho de veinte años cuando llegó a España dispuesto a combatir el fascismo hasta el último aliento. Pero a pesar de su juventud ya había escrito un puñado de poemas hermosos, sinceros y valientes en los cuales dejaba patente sus simpatías comunistas. Había nacido el día 27 de diciembre de 1915, en plena Primera Guerra Mundial, en la ciudad universitaria de Cambridge, en el seno de una familia de marcado carácter intelectual y progresista. No olvidemos que John era bisnieto por línea materna del científico Charles Darwin. Pronto se traslada a vivir a Londres donde comienza a estudiar Economía, estudios que nunca terminaría debido a que en esta época comienza su fuerte compromiso político. Con diecisiete años se afilia al Partido Comunista Británico, y desde ese momento su vida y su lucha revolucionaria parecen converger en un mismo punto. En 1933 publica un artículo titulado “Left?” (“¿Izquierda?”) en la revista Cambridge Review, en el que, en palabras de Víctor Pardo Lancina “arremete contra los representantes literarios de la burguesía, la ausencia de compromiso social y el capitalismo rampante: Eliot, Pound, Lawrence e incluso Joyce. Para Cornford la auténtica pulsión poética palpitaba en los versos de W.H. Auden.”

El hispanista Ian Gibson nos habla de los últimos meses de vida de Cornoford con estas palabras:

Cuando empezó la guerra española el joven poeta estaba de vacaciones en Francia. No dudó un momento. Cruzó la frontera el 8 de agosto y fue tal vez el primer británico en unirse a las fuerzas republicanas. Tras unos días en Barcelona marchó a Aragón con las milicias del POUM. Luego, después de reclutar para la causa a un grupo de amigos en Inglaterra, estuvo en la defensa de Madrid. Y, acto final, el 28 de diciembre: su encuentro con la muerte -acaecida al día siguiente de cumplir los veintiún años- en Lopera (Jaén).

Unos pocos días antes había dedicado un conmovedor poema a, en palabras de Víctor Pardo “la gran pasión de su vida, Margot Heinemann, comunista como él, profesora y escritora con la que mantiene una muy 
interesante correspondencia durante su estancia en España, y depositaria de su diario personal”:

A Margot Heinemann


Alma del mundo desalmado,
alma mía, tu recuerdo
es el dolor que siento en mi costado,
la sombra que ensombrece cuanto veo.
Al atardecer se alza el viento
a recordarnos que el otoño viene,
yo, yo tengo miedo a perderte,
y tengo miedo a mi miedo.
Camino de Huesca, en el último tramo,
última barrera para nuestro honor,
tan tiernamente pienso en ti, mi amor,
como si tú estuvieras a mi lado.
Y si la suerte acaba con mi vida
dentro de una fosa mal cavada,
acuérdate de toda nuestra dicha;
no olvides que yo te amaba.

(Traducción de José Agustín Goytisolo)


Un crítico ha escrito sobre su obra poética: “En su poesía nos demuestra que, para él, el comunismo significaba liberación social, política y económica. Constituía también una liberación personal: sexual, emocional y ética. Para ello era necesario romper con la moral burguesa que se escudaba en la evasión, la ambigüedad y el engaño. Su poesía es el producto de su fe política y de sus propias tensiones personales, sus versos nos revelan un esfuerzo tremendo por conciliar sus convicciones políticas con su peculiar visión estética sobre la vida y las relaciones humanas.”
Entre sus poemas más significativos hay que destacar "Poema triste", "Mantened la cultura lejos de Cambridge", "Luna llena en Tierz: Antes de la toma de Huesca" y "Carta desde Aragón". Existe una colección (editada por Pat Sloan) titulada John Cornford: A Memoir (London: Jonathan Cape, 1938) donde se reúnen la mayor parte de sus escritos.

Me gustaría acabar este pequeño homenaje con estos versos que el poeta José Ángel Valente dedicó a la memoria John Cornford:

JOHN CORNFORD, veintiún años
ametrallados sobre el aire
en que han nacido estas palabras.



lunes 28 de diciembre de 2009

Los escritores ingleses y la II República Española: Ralph Fox

Durante la Guerra Civil española numerosos intelectuales de todo el mundo mostraron su apoyo a la causa de la República Española y de su gobierno legítimo, es decir, se posicionaron abiertamente por la democracia y la libertad, contra el fascismo y su poder dictatorial que ya se había apoderado impunemente de Alemania e Italia y amenazaba con instaurarse en otros países europeos. Así, artistas como Virginia Woolf, Ernest Hemingway, John Dos Passos, André Malraux, Langston Hughes, Gustav Regler, Ludwing Renn, Mata Zalka, Alejo Carpentier, Charles Chaplin, Clark Gable, Marlene Dietrich, Bette Davis, Paul Robeson, Charles Laughton o W. H. Auden no disimulan con que bando están sus preferencias ideológicas.
No obstante, hubo otros ejemplos de personalidades menos famosas. Queremos recordar, en estos días en que se cumple el septuagésimo primer aniversario de su heroica muerte, a dos de estos personajes: Ralph Fox y John Conford.
Carlos Benítez Villodres en un artículo titulado “Homenaje en Londres a cuatro escritores” con el cual rinde su particular tributo a cuatro escritores que lucharon en la contienda española del lado republicano, nos ofrece esta semblanza biográfica de la figura de Ralph Fox:

Ralph Fox nació en 1900 en Halifax (Reino Unido). Fue comisario político adjunto del 121 batallón, XIV Brigada Internacional, historiador y crítico literario, aunque sus escritos con una gran carga social, se extendieron también al campo de la teoría política, la novela o el periodismo.
Su niñez transcurrió sin cambios aparentes ya que perteneció a una familia acomodada que le proporcionó una sólida educación, que él finalizaría en la Universidad de Oxford. Desde joven mostró su inclinación general por las letras. En 1920 a raíz de un viaje que realiza a una de las zonas más desfavorecidas de la Unión Soviética, su proyección futura como escritor y como hombre de acción quedaría marcada definitivamente.
Sus escritos como novelista, periodista, historiador, crítico literario, de teoría política, tuvieron en todo momento un fuerte acento social. Fue miembro de la Asociación Internacional de Escritores y participó en numerosos congresos internacionales celebrados en diferentes países europeos.
En el verano de 1936 se enrola en las Brigadas Internacionales con sede en Paris, y a finales de ese mismo año viaja a España para luchar en la guerra civil al frente del bando republicano, ya que estaba plenamente convencido, como otros muchos intelectuales de su época, de que el triunfo del fascismo supondría el fin de la libertad de pensamiento y de la literatura. El fascismo era considerado en su círculo como el destructor de la cultura, y ante esta situación no le quedó más remedio que intentar frenar su avance, que la mayoría situaba en España.
Ralph Fox murió, como ya he reseñado, durante la jornada del 27 de diciembre de 1936 cuando intentaba conquistar vía tierra el conocido por los loperanos como Cerro del Calvario y cuando contaba tan sólo con 36 años de edad. La muerte de Fox fue enviada desde Madrid el 11 de enero de 1937 por la Internacional Press Correspondence y en la misma se expone el destacado papel y la enorme valía mostrada por Fox en el frente de Lopera y la circunstancia de que durante la noche un soldado de su compañía se arrastró sigilosamente para recuperar sus pertenencias personales, y halló en sus bolsillos su cuaderno personal de notas y una carta dirigida a él. En el informe se expone que fue materialmente imposible recuperar su cuerpo por razones estrictamente militares. De este envío de Madrid a Londres surgió, para los historiadores, la falsa hipótesis que Fox murió en la batalla de Madrid.

Entre sus principales obras (Fox cultivó diversos géneros, tales como el ensayo político, la crítica literaria, la novela, etc., pero siempre desde su óptica marxista) destacan libros como Captain Youth, People of the Steppes, Storming Heaven, Lenin: A biography, Frances faces the future, Portugal now, Genghis Khan o This was their youth. Escribiría también para el diario británico Daily Worker y fundaría las revistas Left Review y New Writing. Pero sin duda, su obra más importante fue The Novel and the People (London: Lawrence & Wishart, 1937). Con ella se convierte en el teórico más importante del mundillo intelectual inglés de corte marxista en la década de los '30. Por sus páginas, aparecen discusiones sobre la estética poética, se habla de la poesía de Auden o Spender, y, en definitiva, se busca un cambio radical y una nueva dimensión del arte poético. Fox piensa que es necesaria una poesía que se mueva dentro de unos planteamientos literarios alejados de la moral burguesa. Como ha señalado un crítico, “Fox demuestra con este estudio que es inteligente, incluso sofisticado en su análisis. En su defensa de un realismo de corte socialista se muestra contrario a las influencias de Freud y Joyce, aunque logra evitar posicionamientos doctrinarios.”








domingo 27 de diciembre de 2009

El cuaderno rojo

Había preparado café, bien cargado, como a ella realmente le gustaba. Sirvió una taza grande, de color verde y le añadió un poco de leche desnatada. Nada de azúcar. Hacía más de veinte años que siempre tomaba el café sin azúcar, experimentado una sensación extraña en el primer sorbo, para luego paladearlo lentamente, sorbito a sorbito. Hacía unos minutos que se había dado una ducha caliente y llevaba puesto un pijama de color naranja sobre las braguitas y el sujetador de color negro. Se descalzó y después se sentó en el sofá y tomó el bolígrafo entre sus dedos. Abrió el cuaderno rojo. Empezó a escribir: "¿Qué música sonaba el último día? Yo sólo escuchaba su respiración entrecortada y profunda, sus suspiros, sus susurros, el palpitar de su corazón cuando apoyaba mi cabeza sobre su pecho, las gotas de lluvia sobre los cristales." Se detuvo un instante y bebió un pequeño sorbo de café. Releyó las frases que acababa de anotar. Sí. Le gustaban. Continuó escribiendo: "Ahora sé por qué nunca hago el amor con música. Me distrae para oír sus sentimientos, para oler el sudor de su piel, para sentir el recorrido de sus manos." Lo releyó todo otra vez. Se sentía extraña escribiendo aquello. Tomó entre sus manos la taza y volvió a beber. Sintió la misma extraña emoción que sentía últimamente cada vez que pensaba en aquel hombre, en sus ojos, en sus tonterías, en el movimiento de sus manos. Y escribió una última frase antes de cerrar el cuaderno rojo y apurar de un solo trago la taza de café: "La vida está hecha de pequeñas transgresiones."

sábado 26 de diciembre de 2009

Algunas noches...

Algunas noches me descubro aullando a la luna.
En el pueblo se organizan batidas
y cuadrillas de hombres salen en mi busca,
armados hasta los dientes, para darme caza.
Yo, como una sombra, me oculto entre los árboles.

miércoles 23 de diciembre de 2009

Su piel

Su piel,
como fuego ardiente,
como escarcha fría,
dulce y mortal.
Heroína pura.

martes 22 de diciembre de 2009

Frío

Hoy,
aquí,
al sur del Sur,
cuando la temperatura
roza los cero
grados centígrados,
y ha llovido todo el día,
me he acordado de ti,
de tus manos cálidas
jugando
en mi espalda,
de tus uñas febriles
dibujando
una serpiente roja
en mi piel,
de tus ojos negros
desnudos
de cintura para arriba,
del olor a fruta fresca
de tu cuerpo,
del sabor adictivo
de tus besos.
Y he arrancado a sudar.

(De Versos de alambre de espino, Editorial Alhulia, 2009)

lunes 21 de diciembre de 2009

Veinte años con los Simpsons

El pasado día 17 de diciembre la serie de animación Los Simpsons cumplió veinte años. Fue un 17 de diciembre pero de 1989, cuando la cadena estadounidense Fox emitía por primera vez un capitulo de esta familia disfuncional americana. En nuestro país, si la memoria no me falla, los primeros capítulos pudimos verlos a principios de 1991. Los emitían en la 2 y a las once de la noche, dentro de algún programa de esos que nadie recuerda. En cambio, las aventuras y desventuras de Homer, Bart, Lisa, Marge y la pequeña Maggie, han resistido durante dos décadas, que se dice pronto. Más de cuatro cientos capítulos, cientos y cientos de personajes invitados han pasado por la serie, desde científicos a poetas, pasando por músicos, deportistas, actores y actrices, e incluso presidentes de los iuneitidsteits. Durante todo este tiempo, otras series magníficas han llegado y se han ido, como Friends, Los Soprano, Futurama (también creada por Matt Groening), pero los Simpsons han resistido, al pie del cañón, siempre en vanguardia. Algunos de estos capítulos son sencillamente gloriosos, de lo mejor que se ha creado en ficción televisiva. Bien es cierto que en las últimas temporadas el nivel no es tan alto como al principio, pero joder, siguen estando mucho mejor que cualquier otra serie que se tercie. Así que esperemos que duren otros cuantos años más y nos hagan pasar ratos tan divertidos como los que hemos tenido hasta ahora. Larga vida a los Simpsons.

domingo 20 de diciembre de 2009

Cuando Patricia Highsmith se llamó Claire Morgan

En 1952, una novela titulada El precio de la sal llegó a las librerías estadounidenses. La firmaba una autora completamente desconocida: Claire Morgan. El libro narraba una historia de amor entre dos mujeres, una chica joven, llamada Therese, y una mujer no mucho mayor que ella, pero casada, cuyo nombre era Carol. Lo insólito del argumento no radicaba en que el libro tratase el amor lésbico, sino en el final del libro. Por primera vez en la literatura norteamericana (y probablemente en la de cualquier otro país) un libro en el que una mujer se enamora de otra mujer termina de manera esperanzadora, positiva, incluso feliz. Y es que hasta la publicación de este libro, en la narrativa mundial, la homosexualidad era un tremendo tabú, y los personajes homosexuales no podían aparecer como personas felices, con éxito en su vida laboral y personal, sino como desgraciados, enfermos mentales, futuros suicidas o simplemente depravados. Así que ya podemos imaginar el cambio tan radical que supuso la aparición de esta novela a la hora de enfrentarse a la homosexualidad en la literatura.
Durante un tiempo, el libro, cuya primera edición había sido en tapa dura, obtuvo algunas críticas “serias y respetables” pero unas ventas discretas. Sin embargo, un año después, cuando se hizo una edición de bolsillo, las ventas se dispararon, llegando a la nada despreciable cifra de un millón de ejemplares vendidos y se supone que muchos más lectores. La pequeña editorial que lo había lanzado, The Naiad Press, empezó a recibir cientos de cartas dirigidas a Claire Morgan, en las que el público expresaba su sentir hacía la historia de amor entre Therese y Carol. Muchas de estas cartas eran auténticos gritos de desesperación por parte de personas solitarias, atrapadas en pequeñas poblaciones donde ser homosexual o lesbiana era visto como el peor de los castigos.
Treinta y dos años después, es decir, en 1984, El precio de la sal fue reeditada, pero esta vez con un título distinto: Carol. La sorpresa vino cuando, en vez de Claire Morgan, el libro venía firmado por Patricia Highsmith, en ese momento, una escritora consagrada de novela negrocriminal y lesbiana militante. La nueva edición venía precedida por un prólogo de la propia autora, explicando las razones que la llevaron a escribir una novela como Carol y a publicarla bajo pseudónimo. Esa novela está traducida a nuestro idioma (Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre), y publicada en la magnífica colección Compactos de Anagrama (nº 144). Y es altamente recomendable.

sábado 19 de diciembre de 2009

He llegado...

He llegado a tu vida para hecerte feliz, le dijo el chico mirándola a los ojos. He llegado a tu vida para hacerte feliz, repitió. Ella sonrió y apuró su copa de un trago.

viernes 18 de diciembre de 2009

La mirada del jazz

La música de Louis Armstrong animando todos los burdeles que surcan el Misisipi. La voz hiriente que sale de la garganta de Bessie Smith. La máquina de hacer swing de Count Basie. Duke ellington y sus mil razones para vivir. Sydney Bechet y las viejas melodías de Nueva Orleans. Billie Holiday y su manera única de decir el blues. La poesía vanguardista de Lester Young escrita con su saxo tenor. La tristeza sutil de Sarah Vaughan. Charlie Parker haciendo llorar de belleza a Kerouac en un club de Chicago. Miles Davis, de espaldas al público, tocando “Time after time”. Una habitación mugrienta en un hotelucho de Ámsterdam donde Chet Baker va a saltar por la ventana. Una lágrima azul, bajando, despacio, por la mejilla negra de Nina Simone. Sonny Rollins leyendo, de madrugada, una novela de Chester Himes. Josephine Baker leyendo, de madrugada, un poema de Langston Hughes. La mano izquierda de Django Reinhardt. El alma negra de Benny Goodman. La libertad total de Dizzy Gillespie. Thelonius Monk paseando, el día de Navidad de mil novecientos cincuenta y siete, por las calles gélidas de Harlem. Ella Fitzgerald, que nunca conoció a su padre. La melancolía desgarradora de Bill Evans sentado al piano. Art Blakey y sus antepasados africanos. Ornette Coleman y el significado de la palabra revolución. John Coltrane paseando por caminos que aún no existen. El cáncer de hígado que arrebató la vida de Stan Getz. Fats Waller, viajando en un tren nocturno con destino a la muerte, el quince de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres.
Miradas de jazz.
(De mi libro La mirada del jazz, Editorial Alhulia, 2006)

jueves 17 de diciembre de 2009

Las olas

Las olas empaparon mis botas, mis calcetines, los bajos de mi pantalón. No consiguieron borrar las ganas de verte. Un perro, a lo lejos, empezó a ladrarme. Creo que el hijoputa se reía de mí. Varios autobuses se detuvieron en el paseo marítimo. Se bajaron varios grupos de turistas japoneses, con sus cámaras fotográficas último modelo y/o sus cámaras de vídeo. Ahora soy el chico más triste de las televisiones de Japón. Yo y mis botas mojadas por el agua salada de las olas.

martes 15 de diciembre de 2009

La mujer conduce su coche...

La mujer conduce su coche por la autovía. Se dirige a su casa. Es de noche. Lleva puesta la radio, aunque no le presta atención. Esa tarde ha estado trabajando, pero luego ha tenido un rato para tomar un café con él. Él, un café; ella, un té. Él le ha regalado un libro, una novela de Patricia Highsmith. Al dárselo le ha dicho que la consideraba afortunada. Ella le ha preguntado el motivo. Porque vas a leer este libro por primera vez, ha sido la respuesta. Ella ha sonreído. Esas son las cosas que le gustan de él. Por eso saca tiempo de donde no lo hay para estar un rato con él. Llevan viéndose varios semanas, aunque en total el tiempo que han pasado juntos apenas alcanza unas horas. Pero el de hoy ha sido uno de sus mejores encuentros. Han hablado de muchos temas. Como suele ser lo normal cuando está con él. Han hablado de literatura, de política, también de sus respectivos trabajos. Pero lo que ha hecho que la tarde sea diferente es que por primera vez se han besado. Ha sido al despedirse. Un simple y sencillo beso. Estaban de pie. Y sin hablar se han acercado y han rozado sus labios. Un beso hasta cierto punto casto. A ella le ha traído a la mente la lluvia de verano. Pero lo que más le ha gustado no ha sido el beso en sí mismo, que ha estado muy bien, sino que él la ha tomado por la cintura, con suma fragilidad. Eso sí que ha sido un gesto rebosante de magia. Ella ha sentido que durante esos segundos él la amaba. Ahora, en el coche, mientras conduce hacia su casa, piensa en todo esto.

lunes 14 de diciembre de 2009

Todo el infortunio....

El filósofo, científico, matemático y escritor francés Blaise Pascal (1623-1662) dejó escrito: "Todo el infortunio del hombre procede de una sola cosa, de no saber estarse tranquilamente en su habitación."

domingo 13 de diciembre de 2009

Una mujer anda suelta

Una mujer anda suelta.
Es muy peligrosa.
Va armada con un ordenador,
una conexión a internet
y un montón de palabras.
Tiene apariencia felina.
Es pecadora, altiva, bruja, indómita.
Usa antifaz,
será porque no quiere que veamos sus ojos,
aunque los que no la conocemos
intuimos la luz azul que escapa de ellos
(huy, perdón por la palabra,
ya sabemos que ese color
no le hace ni chispa de gracia).
Una mujer anda suelta.
Entra por los blogs, como Obama por su Casa (Blanca) .
Lee, escribe, comenta, polemiza, argumenta.
Cuidado con ella.
Hace cosas que nadie en su juicio haría:
come espaguetis a la carbonara cuando está sola,
amontona libros junto a la cama,
escucha a Elvis para espantar a las penas.
Una mujer anda suelta.
Mucho cuidado con ella.
No digas luego que no te advertí.
Responde por MA.
Y es muy, muy, muy peligrosa.


(El título de este poema lo he tomado prestado de un magnífico poema de Tina Suárez Rojas. Está dedicado, con todo mi cariño a MA (¿eres real o eres sólo fruto de mi imaginación?), sin cuyos comentarios, frases, aportaciones, etc., este bulevar poético sería como un café descafeinado, una cocacola light o autohacerse el amor. Vamos, una cosa espantosa. Gracias, darling.

viernes 11 de diciembre de 2009

Dirección prohibida

Últimamente, con demasiada frecuencia, me asalta la extraña sensación de que voy conduciendo mi coche a toda hostia por una autopista desconocida y además en dirección prohibida.

jueves 10 de diciembre de 2009

Autostop

Esta mañana,
mientras conducía, despacio, hacia el trabajo,
he visto a una chica despampanante
que hacía autostop en el arcén.
Era alta,
una gran melena oscura y rizada caía sobre su espalda,
ojos negros, brillantes como estrellas fugaces,
largas piernas enfundadas en medias de malla,
cuerpo de estatua griega.
Perfección geométrica.
Al pasar junto a ella
no he podido evitar detenerme.
He abierto la puerta derecha de mi coche
y he puesto la mejor de mis sonrisas.
Le he preguntado a dónde se dirigía
y después la he invitado a subir.
Ella
se ha sentado en el asiento del acompañante
y mirándome a los ojos se ha presentado:
Hola, me llamo Tristeza. Eso ha dicho.
Bienvenida a mi mundo, Tristeza, he contestado,
sosteniéndole la mirada.
Y nos hemos ido juntos.

martes 8 de diciembre de 2009

El hombre luce una inquietante sonrisa (II)

El hombre luce una inquietante sonrisa. Va afeitado con pulcritud. De su oreja derecha cuelga un pequeño aro dorado. Viste con elegancia. Se mira en el espejo y reconoce en él a un hombre satisfecho consigo mismo, un hombre capaz de conseguir cualquier cosa que se proponga. El hombre de la sonrisa inquietante está a punto de salir a la calle a matar a otro hombre. No es nada personal. No tiene nada contra él. Ni siquiera lo conoce. Es, simplemente, un encargo más. El hombre de la sonrisa inquietante se gana la vida matando a otras personas. Es un asesino a sueldo. Pero no uno del montón. Él es el mejor.

domingo 6 de diciembre de 2009

Haiku

Mujer azul:

dulce heroína

de mis venas.

sábado 5 de diciembre de 2009

Tres deseos

Un beso de tu boca.

Un beso de tus labios.

Un beso de tu lengua.

Después,
sólo humo,
humo gris
que se desvanece en la tarde.

viernes 4 de diciembre de 2009

Presentación en Córdoba de "Versos de alambre de espino"

El próximo vienes, 11 de diciembre de 2009, tendrá lugar la presentación de mis Versos de alambre de espino, en la ciudad de Córdoba. El sitio elegido es el "Espacio social y cultural al borde", que está en la calle Conde de Cárdenas, 3. Empezaremos sobre las ocho de la tarde y la presentación correrá a cargo de mi amiga Emiliana Rubio. Después nos tomaremos unas cervecillas o una copilla de vino. Ya sabes, si te pilla por Córdoba y te interesa la poesía o simplemente te apetece pasarte por allí, estás invitada o invitado, tanto da.

jueves 3 de diciembre de 2009

Ayer...

Ayer,
mirándote
a los ojos
hablé
demasiado.
Ayer,
mirándome
a los ojos
callaste
demasiado.

Reseña de Versos de alambre de espino en el diario Granada Hoy

En la edición de hoy, 3 de diciembre de 2009, del diario Granada Hoy, aparece esta reseña que el poeta Rafael Espejo dedica a mi poemario Versos de alambre de espino.

Radiografías de temporada

Rafael Calero presenta 'Versos de alambre de espino', donde reconoce la devoción explícita a Lorca, Pavese o Bukowski

Rafael Espejo / Granada |
zoom

Rafael Calero.

A partir del siglo XX, con el boom demográfico y democrático de las sociedades, las líneas paralelas de lo culto y lo popular han engrosado tanto que por fuerza se tocan en algunos puntos, intentaré explicarme. Si por un lado el aperturismo informativo está aniquilando el valor del conocimiento, el acceso a la educación ha invertido la pirámide de analfabetismo global; si por un lado las tradiciones ya no son unívocas (ni por géneros, ni por naciones ni por épocas), ese mismo eclecticismo está borrando las huellas de la identidades colectivas en favor de las individuales: los grupos ahora están compuestos de una suma de unidades.

Y esto, en el caso que nos ocupa, se traduce en una multiplicidad de voces tal que hoy resulta imposible distinguir una poesía genuinamente española, o americana, o francesa. Y no sólo porque entre ellas, repito, prime más un espíritu de época que una idiosincrasia cultural, sino porque incluso dentro de cada rótulo habría que distinguir casi tantos epígrafes como autores. Ya digo, cada cual se va modulando su propia multitradición a partir de la cultura que consume.

La última entrega de Rafael Calero Palma, presentada hace unas semanas en Granada, es un ejemplo claro de libro hijo de su tiempo: desestructurado, elíptico, comprometido. Y, claro, mestizo: en sus poemas reconoce explícitamente la devoción a autores tan dispares como Lorca, Carver, Alberti, Umbral, Pavese, Bukowski, Miguel Hernández, Kerouac; asoman músicos como Neil Young, Elvis, Tom Waits, Mozart, Bob Dylan, Kurt Cobain o Fito Páez; cineastas (Coppola, Jessica Lange, Jack Nicholson), personajes de ficción (James Bond, don Quijote), personajes históricos (Judas Iscariote), pintores (Picasso), etc. Digamos que el poemario viene rabioso de modernidad. Y si sus palabras quieren tomar el pulso a lo inmediato lo hacen en línea recta, sin merodeos, en un descarado tú a tú: referencias deportivas (el Barça, Roland Garros), histriónicas citas de Pedro Solbes o de Ana Blanco (presentadora del telediario), líricas denuncias a los contratos basura, etc. El culturalismo de esas referencias junto a lo políticamente incorrecto de su idioma. Lo popular y lo culto, como decía al principio.


miércoles 2 de diciembre de 2009

Es bueno ser malo y es malo ser bueno


Si el nombre de Malcom McLaren pasa a la historia es, sin duda, por ser considerado el inventor de movimiento punk. Tradicionalmente se le ha atribuido la paternidad de dicho movimiento juvenil de carácter nihilista y destructivo. No obstante, si hemos de ser rigurosos con la Historia, está claro que McLaren no inventó el punk como estilo musical, pues sus orígenes se pueden rastrear en los grupos de garaje norteamericanos de los años sesenta, así como en figuras más o menos underground de los Estados Unidos e Inglaterra: Patty Smith, Lou Reed, Iggy Pop, David Bowie, Alice Cooper y otros muchos más. En palabras de Diego Manrique, Malcom McLaren es un personaje digno de Charles Dickens. De los malos, malísimos, añado yo. Y es que el tipo en cuestión ha sido a lo largo de toda su vida un genio de la palabrería, un mago del funambulismo empresarial, un virtuoso del abracadabra, pata de cabra, me saco de la manga a un grupo de rock y me hago millonario epatando a la biempensante sociedad británica de la década de los setenta. Y eso lo demuestra el hecho de que fuera capaz de inventarse todo un entramado artístico-comercial alrededor de unos tipos sin dos dedos de frente. Me refiero, ladies and gentlemen, como no, a los Sex Pistols. Nunca un grupo de rock ha llegado tan lejos con tan poco que ofrecer. Tan solo grabaron un disco durante su corta pero intensa vida. Pero su legado, tanto artístico como comercial, se ha multiplicado hasta límites insospechados.
Cuentan las crónicas que su abuela materna, Rose Isaacs, judía de origen sefardita, le dijo en cierta ocasión: “Es bueno ser malo y es malo ser bueno” y al chiquillo se le quedó aquello grabado a fuego en el alma. A partir de aquel día vivió siempre bajo la influencia de ese epitafio. Desde su tienda londinense Sex, dedicada a la venta de ropa de tendencia sadomaso, orquestó, dirigió y llevó a buen puerto toda una operación de acoso y derribo al sistema operativo británico, y por ende, al resto de occidente. Llevando a la práctica las teorías del movimiento situacionista, esto es, la provocación hasta límites insospechados y la confrontación como arma de destrucción masiva, fue, durante unos meses, el tipo más famoso de su país, pero también el más odiado, el hombre al que ninguna mujer querría tener como novio de su hija. McLaren dirigió la breve carrera de los Pistols, inventando toda la parafernalia estética del movimiento punk, léase, crestas de colores, camisetas con letreros del tipo “te odio” o “jódete”, imperdibles en las orejas, pantalones agujereados, escupitajos desde y hacia el escenario, y canciones repletas de ruido, mucho ruido, cantidades ingentes de ruido, capaces de transmitir toda la rabia, toda la frustración, toda la mala leche de una juventud, la británica de finales de los setenta, cuyo lema, de camino, también inventó Malcom McLaren: “no future”. Y es que en 1977, el futuro no estaba nada claro. Aunque McLaren ya lo intuía. ¡Qué genio, el cabronazo!

martes 1 de diciembre de 2009

Ocho letras

Para Rafa Quintero

El fuego y el agua.
La luz y las tinieblas.
El bien y el mal.
El silencio y la tormenta.
La quietud y la furia.
El amor y el odio.
La lluvia y el polvo.
El origen y la vanguardia.
La paz y la guerra.
El Diablo y Dios.
El fracaso y los sueños.
La alquimia y el hambre.
La hierba y el asfalto.
El pecado y la redención.
La desolación y el misterio.
La vida y la muerte.

Todo está contenido
en ocho letras:
Bob Dylan.

lunes 30 de noviembre de 2009

He de hallar...

He de hallar el modo de desengancharme.
Soy consciente de mi fragilidad.
Y de su fuerza.
He de olvidarla.
Cueste lo que cueste.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Yonqui

Lo admito.
Sin reservas.
Soy un yonqui.
No puedo vivir
sin tu dulce sabor.
Te necesito
como al aire
que respiro.
Si no te tengo,
me pongo nervioso,
siento unos terribles espasmos,
sudo y vomito.
Y entro en estado febril.
Debo salir a buscarte,
dondequiera que estés.
Cuando por fin te consigo,
me tranquilizo.
Y pasa el malestar.
Te toco y todo es distinto.
Te siento y me transformo
en otro ser.
Soy adicto a ti.
Es terrible.
Ser un yonqui de tu amor.


Este poema está incluido en mi primer libro de poemas, Los Poemas del frío (Ediciones Osuna, 2000).

martes 24 de noviembre de 2009

Capitanes a los quince

Capitanes de quince años que fuimos
para ser ahora dos desconocidos

Golpes Bajos
También nosotros fuimos capitanes a los quince,
intentando tomar al abordaje las naves de la felicidad.
Libertad absoluta en los interminables días
de un caluroso verano. Juegos y peleas,
bicicletas por el campo, y sobre todas las cosas,
nuestra amistad. En aquella época
en la que despertábamos de un invernal letargo,
vivir era para nosotros un mágico juego iniciático.
Nuestros sentidos permanecían atentos
a cada novedad, pues desperdiciar siquiera,
un átomo de vida, suponía un acto de alta traición
hacia nosotros mismos. Nada había más importante
que la conexión invisible que nos unía.
Nadie podía interponerse entre tú y yo,
porque significábamos todo.
Juntos aprendimos a defendernos de los males
que acechaban en la noche oscura.
Y juntos comprendimos que la memoria
de la niñez también lleva impresa
una fatídica fecha de caducidad.

Este poema está incluido en mi libro Desorden publicado en una edición no venal en el año 2002 por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Salobreña. Este libro es completamente inencontrable.

lunes 23 de noviembre de 2009

La vida al límite

El sábado estuve en el cine viendo Celda 211, la nueva película del director Daniel Monzón, interpretada por Luis Tosar, Alberto Ammann y Antonio Resines, entre otros. Si mal no recuerdo, esta es la tercera película que dirige Monzón, después de El corazón del guerrero y de La Caja Kovak. Y aquí sí que se puede decir aquello de que a la tercera va la vencida. Menudo peliculón ha rodado Daniel Monzón. Basada en la novela homónima de Francisco Pérez Gandul (novela que no he leído, por cierto, pero que trataré de leer en breve) y con guión del propio Daniel Monzón y de Jorge Guerricaechevarría, la peli narra la historia de un motín carcelario en la prisión de Zamora, motín que estalla precisamente el día que, Juan, un nuevo funcionario de prisiones, está a punto de empezar a trabajar en dicha cárcel. Por una de esas casualidades que tiene la vida, el nuevo funcionario de prisiones se ve envuelto en todo el embrollo y el tío se la juega haciéndose pasar por un nuevo preso. No voy a contar nada más. Sólo decir que Luis Tosar interpreta a Malamadre, el preso que dirige el motín, y más o menos, el rey de la cárcel. Un tío súper violento, sin nada que perder, y al que le importa todo, tres leches. Tosar está inconmensurable. Sinceramente, no creo que un actor pueda hacer un trabajo actoral mejor que el de Luis Tosar en esta película. Llevaba yo mucho tiempo sin ver una interpretación tan real, tan creíble, tan emocionante, tan visceral, tan al límite. En mi opinión, el tío está al mismo nivel que un Robert de Niro en Toro salvaje, un Al Pacino en El precio del poder, o un Javier Bardem en No es país para viejos. Pero no sólo Tosar. El resto del reparto está genial. Alberto Ammann interpretando a Juan Olivier, el funcionario de prisiones que, poco a poco, se va transformando; o Antonio Resines, dando vida a Utrilla, otro carcelero, éste violento y macarra, que se pasa las leyes por el arco del triunfo. Por cierto, visto con la perspectiva que da el tiempo, este es el cuarto o quinto papel extraordinario que le recuerdo a Resines, después de sus interpretaciones en, por ejemplo, La buena estrella o La caja 507.
Yo no he pisado una cárcel en mi vida, ni siquiera de visita y no sé si lo que cuenta esta película es real o no, pero lo que tengo clarísimo es que es totalmente verosímil. Todo me resulta creíble, el comportamiento de los presos, su manera de hablar, de moverse, ese ambiente opresivo, claustrofóbico que se debe respirar entre las paredes de una prisión, etc. Lo mismo me sucede con los funcionarios y con el director de la prisión. Si las cosas no son así realmente, deberían de serlo, porque yo salí de la sala convencido al cien por cien.
Durante algunos momentos, Celda 211 me recordó a otra magnífica película, Haz lo que debas, de Spike Lee, aunque en realidad ambas no tengan más parecido que la manera en que la violencia se va extendiendo como un reguero de pólvora, incluso entre la gente que a priori no es violenta. De hecho, al final, la conclusión que yo extraje fue, que la violencia, como decía Martin Luther King, es un acto completamente inútil, que sólo engendra más violencia y de la cual resulta muy difícil escapar. Así que si esta tarde tienes un rato libre y te apetece ver algo grande de verdad, te recomiento que no te pierdas Celda 211, la nueva película del director Daniel Monzón, interpretada por Luis Tosar, Alberto Ammann y Antonio Resines, entre otros. Y luego me lo cuentas.

sábado 21 de noviembre de 2009

Sobre la rima

Escribió Mijail Saltykov-Shchedrin, el gran escritor y periodista satírico ruso del siglo XIX, sobre la rima: “No comprendo por qué es necesario caminar sobre un hilo y, además, agacharse cada tres pasos.”
Yo tampoco, querido Mijail, yo tampoco.

viernes 20 de noviembre de 2009

Fotos de Durruti

La primera fotografía está tomada
en León, en 1915.
Un joven Durruti
de apenas diecinueve años
mira desafiante a la cámara.
En la foto hay seis personas más.
Uno de ellos es un niño pequeñito.
Los otros, compañeros de trabajo.
Dos de ellos, no deben tener edad ni para afeitarse.
La foto ha sido tomada en el taller metalúrgico
donde Durruti trabajaba por aquella época.
Buenaventura ocupa el centro de la fotografía.
Está de pie. Mirada inquebrantable.
Mirada obrera. Mirada anarquista.
Viste con un mono claro.
Una gorra de paño le cubre la cabeza.
En su mano derecha sostiene un martillo.
La izquierda roza ligeramente el hombro izquierdo
de uno de sus compañeros.
La vida aún no le ha golpeado con toda su saña.
Pero ya empieza a prepararse para plantarle cara.

En la segunda fotografía,
tomada en la ciudad de Berlín,
han trascurrido trece años
y Durruti aparece acompañado por una mujer.
Se llama Emilienne Morin.
Es una joven libertaria francesa
a quien ha conocido unos meses antes
en la Librería Anarquista
de la calle de Prairies,
en el Distrito XX de Paris,
y cuyos destinos permanecerán unidos,
más allá, incluso, de la muerte.
Es extraño, pero es así.
Sobre el papel sepia,
un hombre y una mujer,
sentados en el tronco de un árbol,
en medio de una gran nevada.
Están abrazados,
como cualquier pareja de enamorados.
Es una imagen tierna,
que denota un amor férreo.
No hay ningún dato al respecto,
pero me da por pensar que ese día era domingo
y que la pareja está acompañada de otros amigos,
ácratas como ellos, fugitivos como ellos,
con quienes comparten la felicidad eterna
de ese instante congelado.
Nadie diría hoy, ochenta años después,
que ese hombre ha entrado
de manera clandestina en Alemania,
y que tiene en jaque a las policías de media Europa.
Nadie diría, viendo esa foto, que ese hombre,
es admirado por miles de obreros de todo el mundo.
Nadie diría que ese hombre está hecho de acero.

En la última fotografía,
un hombre de mediana edad,
piel tostada por el sol,
barba descuidada, cabello oscuro,
yace sin vida sobre un camastro blanco.
Un agujero de bala atraviesa
la parte izquierda de su pecho.
Dos columnas de sangre bajan,
irregulares, desde la herida
hacia la espalda.
Si no fuese por este detalle,
se podría pensar que este hombre duerme,
plácida, pacíficamente,
extenuado tras los duros combates
de los últimos días, y sueña, tal vez,
con un mundo nuevo
donde el hombre no sea un lobo para el hombre.
Pero este hombre está muerto.
Se adivina, en torno a él,
el nerviosismo trágico de los cirujanos,
la desolación afilada de los camaradas,
la tristeza aplastante de los amigos.
La ciudad es Madrid. El año, 1936.
El día, veinte de noviembre.
Durruti ha sido asesinado.

jueves 19 de noviembre de 2009

Emily Dickinson

Qué terrible es amar y no ser correspondida,
dulce niña de ojos invernales.
Como la noche, tienes estrellas en las manos,
en el vientre, secretos inconfesables,
y en tu pelo negro, un ramillete
de deseos frustrados. Y en silencio,
como ella, escribes versos que desgarran.
La muerte se erige en tu musa más fiel,
tu consejera, tu amiga, tu amante, tu hermana.
Allá en los remotos confines del silencio,
qué extraño, la muerte tiene forma de poema.


Este poema está incluido en mi libro Desorden, y está dedicado, obviamente, a la gran poeta americana Emily Dickinson.

martes 17 de noviembre de 2009

Enrique Urquijo, diez años después




Hoy, diecisiete de noviembre de dos mil nueve, se cumplen diez años de la fatídica muerte del gran Enrique Urquijo. Tres mil seiscientos cincuenta días sin Enrique. En estos diez años, sus canciones, su música, su manera de tocar la guitarra, su particular estilo, nos han seguido acompañando a un montón de gente. Y es que somos muchos los que, una década después de aquel triste día de noviembre de mi novecientos noventa y nueve, seguimos recordando a una persona de una sensibilidad artística única, a uno de los grandes compositores que ha dado no sólo la música popular cantada en castellano, sino en cualquier otro idioma. Para mí, Enrique es comparable a los grandes nombres del rock del ámbito anglosajón. Y lo digo con plena consciencia. Ahí están sus canciones, que hablan por sí solas: “Volver a ser un niño”, “Agárrate a mí, María”, “Otra tarde”, “Quiero beber hasta perder el control”, “No me imagino”, “Déjame”, “Buena chica”, “Colgado”, “Ojos de gata”, “Cambio de planes”, “Pero a tu lado” y tantas y tantas otras hermosas canciones que compuso para su grupo de toda la vida, Los Secretos, o con ese otro grupo, Los Problemas, con quienes grabó dos estupendos discos, con versiones tanto de temas propios como de canciones de otros compositores. No quisiera olvidarme hoy, en este día de recuerdo, de conmemoración, de agradecimiento, del gran Álvaro Urquijo, que durante todo este tiempo ha seguido manteniendo viva la llama de Los Secretos y la memoria de Enrique, reivindicando una carrera, la de su hermano, con una dignidad y un cariño que ponen los pelos de punta. Lo mismo ocurre con Ramón Arroyo y con Jesús Redondo, el resto de Los Secretos. La memoria de Enrique se merece ese respeto, esa dedicación, ese amor sin límites. Ya está bien de apelar siempre a la tristeza, a la nostalgia, a la mala suerte, para hablar de una figura inconmensurable de la música popular. Qué cojones. Fue una tremenda suerte que Enrique existiera y que se dedicara a la música, y que grabara sus discos, y que levantara cabeza una y otra vez, y que tuviese ese don divino que sólo los elegidos tienen para transformar el dolor en poesía, y que diera todos esos maravillosos conciertos, y que nosotros estuviésemos allí para disfrutarlo, y que aún hoy, diez años después, nos vayamos a la estantería donde guardamos los cds o los viejos vinilos, y saquemos uno de sus discos, y le demos al play, y escuchemos esa voz que se va abriendo paso entre las guitarras con ecos country, y que empieza a cantar, nunca he sentido igual, una derrota… Y es que las derrotas son menos dolorosas cuando las canta Enrique Urquijo. Gracias por existir.

lunes 16 de noviembre de 2009

El hombre luce una inquietante sonrisa

El hombre luce una inquietante sonrisa. La mujer, parapetada tras una humeante taza de té, le lanza fugaces, furtivas miradas. No es sólo la sonrisa. Son los ojos. Grandes, oscuros. Casi hipnóticos. El hombre de la sonrisa inquietante está en la barra, tomando un café. Ella, en cambio, está sentada sola en una mesa. Su intención era leer tranquilamente El País, pero ahora le resulta imposible concentrase. Nunca se ha acostado con otro hombre que no sea su marido. Pero hoy sabe que si ese hombre se acercara y le dijera “vamos a follar”, lo seguiría sin pensarlo un segundo. Son los ojos. Y la sonrisa.

viernes 13 de noviembre de 2009

Así no...

Así no, me dices.
No estás cumpliendo con tu parte del trato.
Cómo quieres que lo haga,
si mi parte es arrancarme el corazón
y echárselo a los perros hambrientos

jueves 12 de noviembre de 2009

Un poco de autobombo

En las últimas semanas, me han llegado algunos correos que me han sorprendido muy gratamente. Para alguien como yo, que escribe pero que no tiene acceso a los grandes medios de comunicación, que no se dedica a la literatura de manera profesional, sino que lo hace por amor al arte, robándole el tiempo a otros menesteres,y en la mayoría de los casos ni siquiera puede acceder a los métodos más o menos convencionales de distribución de sus libros, resulta muy gratificante que alguien te escriba, pongamos por caso, desde Madrid diciéndote que le gustan tus poemas, tus relatos, o tus comentarios.
Pues como decía al principio, en las últimas semanas me han llegado varios mensajes en esa dirección, de gente que no conozco de nada, gente que ha accedido a mi obra por primera vez, y que según me cuentan ellos mismos, les ha resultado sorprendente lo que han leído. Uno de estos correos me llegó hace unos días. Lo remitía un famoso político al que dejaremos en el anonimato. Su mensaje era escueto pero directo: "Escribes muy bien: Me meteré en tu blog." Siendo quien es la persona que lo envió, uno de los pocos políticos que para mí tienen una valía intelectual real, pues es todo un halago. Qué queréis que os diga. El segundo correo me llegó ayer por la tarde y lo enviaba una chica de Granada. También había llegado a mi obra de manera casual. Por lo que se ve, le había gustado tanto lo que había leído en este blog que me preguntaba dónde podía comprar mis libros.
Como digo, para mí es muy estimulante este tipo de mensajes. Uno se reafirma en su manera de escribir, en su manera de hacer las cosas, en su manera de enfrentarse al mundo. Como no aspiro a grandes ventas, ni a ganar concursos, ni a nada por el estilo, estos comentarios son lo más cerca que voy a estar del éxito. Por eso se agradecen de corazón.

miércoles 11 de noviembre de 2009

No soy inofensivo

No soy inofensivo.
Que te quede claro.
Pero me muerdo el corazón por dentro
Y pongo cara de niño bueno.
Sólo para que no te vayas.

martes 10 de noviembre de 2009

Un poema de amor para Tess (Raymond Carver)

Apura de un trago su vaso de Old Crow y teclea el último verso de su último poema: just how much I love you. Es un poema de amor. Se titula Hummingbird. Y es para su mujer, Tess.
Luego se acerca hasta el mueble donde guarda la bebida y se llena otra copa de bourbon. Le añade un poco de hielo y enciende un cigarrillo. Apaga la música —Miles Davis, Kind of blues— y decide salir al frío de febrero a mirar un rato las estrellas. Son casi las tres de la mañana. El murmullo del viento meciendo las hojas de los árboles. Levanta la vista al cielo y se traga el humo transparente de su Chesterfield. Cierra los ojos un segundo y se dice a sí mismo: Así debe ser la muerte.
El silencio. La quietud. La soledad.
Luego piensa en Tess, dormida, en ese mismo instante, en la cama que ambos comparten. Su hermoso pelo rojo que le cae en cascada por la espalda. Su piel blanca que brilla en la oscuridad. Sus ojos azules que lo hipnotizan. Apaga el cigarrillo y se alegra de estar vivo. Después entra de nuevo en la casa. Se sienta ante la máquina de escribir y vuelve a leer el poema que ha escrito para ella: Suppose I say summer...

lunes 9 de noviembre de 2009

Más cine, por favor

Hoy voy a dajer una lista de mis treinta películas favoritas del cine español. Me ha llevado unos cuantos días elaborarla y, como todas las listas, está cargada de subjetividad. El orden en que aparecen es cronológico.

1. La vida en un hilo, de Edgar Neville (1945).
2. Surcos, de José Antonio Nieves Conde (1951).
3. Calle mayor, de José Antonio Bardem (1956).
4. El cebo, de Ladislao Vajda (1958).
5. Viridiana, de Luis Buñuel (1961).
6. Atraco a las tres, de José María Forqué (1962).
7. El extraño viaje, de Fernando Fernán-Gómez (1964).
8. El verdugo, de Luis García Berlanga (1964).
9. La caza, de Carlos Saura (1965).
10. El espíritu de la colmena, de Víctor Erice (1973).
11. Furtivos, de José Luis Borau (1975).
12. El desencanto, de Jaime Chávarri (1976)
13. Queridísimos verdugos, de Basilio Martín Patiño (1977).
14. Arrebato, de Iván Zulueta (1979).
15. El crack, de José Luis Garci (1981).
16. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, de Pedro Almodóvar (1984).
17. Los santos inocentes, de Mario Camus (1984).
18. Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda (1988).
19. Amantes, de Vicente Aranda (1991).
20. Belle Époque, de Fernando Trueba (1992).
21. La ardilla roja, de Julio Médem (1993).
22. Días contados, de Imanol Uribe (1994).
23. El día de la bestia, de Álex de la Iglesia (1995)
24. El último viaje de Robert Rylands, de Gracia Querejeta (1995).
25. La buena estrella, de Ricardo Franco (1997).
26. Flores de otro mundo, de Icíar Bollaín (1999).
27. En construcción, de José Luis Guerín (2001).
28. Soldados de Salamina, de David Trueba (2002).
29. La caja 507, de Enrique Urbizu (2002).
30. Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa (2002).

sábado 7 de noviembre de 2009

Su pelo

Su pelo,
quimera sutil
en esta mañana tibia,
como vida derramada
en un instante.

viernes 6 de noviembre de 2009

28 de marzo de 1941

Hoy te has despertado un poco más triste que de costumbre
y has sentido que, a pesar de la fecha –casi abril- hace frío
y una lluvia cómplice, apenas perceptible,
como en un cuadro de Turner,
cae con desgana sobre Monk’s House.
Una taza de té caliente y Leo hablando de mil cosas,
- Llevará años reconstruir Londres, dice en voz alta.
Pero no le prestas atención.
Posas tus ojos de niebla azul
en el rojo resplandor que escapa de la chimenea
y una miríada de imágenes irreales fluye,
imparable, por tu mente:
tu padre, trabajando en su despacho,
Vanesa, limpiando sus pinceles,
la hermosura andrógina de Violet,
caminando junto a ti por Gordon Square,
una mañana estival de 1904 rebosante de gente y luz.
Más tarde, coges tu abrigo y sales a pasear
por la desgarrada soledad que te rodea.
Te acercas hasta la orilla del río Ouse,
que agotado y nervioso, resopla a lo lejos.
Y con los bolsillos repletos de piedras
entras en el agua
y en un gesto de extrema fatiga reflexionas:
“Bueno, ya está, he tenido mi visión.”

Este poema está incluído en mi llibro, Desorden. El título hace referencia a la fecha de la muerte de la escritora Virginia Woolf, que se suicidó en las frías aguas del río Ouse, junto a su casa de campo. El poema fue escrito algunos años antes de que se hiciese la película Las horas, de Staphen Daldry, por lo que cualquier parecido entre ambos es sólo fruto del azar. No voy a negar que siempre he sentido una especie de fatal atracción por las personas que un día se levantan y deciden que ése es el último día.

jueves 5 de noviembre de 2009

Y tú, ¿qué elegirías?

Entre el dolor y la nada, elegí el dolor.
Nacho Vegas

miércoles 4 de noviembre de 2009

Él tiene un secreto

Él tiene un secreto. No uno de esos secretos tontos, como de patio de recreo o de cafetería de instituto, que uno comparte con su mejor amigo, sino un secreto real, de esos que laten en lo más profundo de uno mismo, en algún recoveco perdido del alma. Uno de esos secretos que no se cuentan a nadie. Vamos, un secreto, secreto. De los de verdad.
Él tiene un secreto. Lo sabe desde hace días. Lo descubrió casi por casualidad. Estaba buscando un libro en una famosa librería de su ciudad y de pronto fue consciente de que el secreto estaba allí, de que era tan real, o tal vez mucho más real, que la gente que andaba por la tienda. Podría incluso señalar el instante preciso en que reparó en la existencia de su secreto. Acababa de coger de la estantería un ejemplar de la última novela de Walter Mosley, cuando lo vio merodear a su alrededor por primera vez, como un pájaro despistado que se hubiera escapado de su jaula.
Él tiene un secreto. A veces se descubre pensando en su secreto en los lugares más insospechados, por ejemplo, en la ducha, bajo el fuerte chorro de agua caliente, con la cabeza cubierta de espuma. En ese momento ha de ser muy cuidadoso, porque si piensa demasiado en su secreto, la espuma se le puede meter en los ojos, y todo se complica. Otras veces su secreto toma forma cuando hace deporte, entre el fuerte olor a sudor que transpira su piel. Incluso a veces, el secreto se hace corpóreo en el almuerzo o el desayuno, cuando está en mitad de un filete con patatas o de un par de tostadas de aceite con tomate. Y es que cualquier momento es bueno para compartirlo con su secreto.
Él tiene un secreto. Las primeras veces se sentía un poco molesto. Pero ahora no. Ahora se podría decir, incluso, que su secreto lo hace feliz. Sí, así es. Él es un tipo feliz por tener un secreto. Se ha dado cuenta de algunas cosas. Se ha dado cuenta de que el sol luce más desde que él tiene su secreto. El cielo es más azul, y sus compañeros de trabajo no le parecen tan insulsos. Y todo se lo debe a su secreto. Ah, y ahora le gustan cosas que antes no le gustaban. Por ejemplo, las películas francesas. No sabe hasta cuándo durará todo este asunto del secreto. Tal vez desaparezca como llegó, sin hacer ruido, sin hacer grandes aspavientos. Así que por ahora, lo único que tiene claro es que tiene un secreto. Y está dispuesto a defenderlo con uñas y dientes. Es lo menos que puede hacer por su secreto.

martes 3 de noviembre de 2009

Esta mañana

Esta mañana, al despertar, he pensado en ti. Luego, he sonreído.

lunes 2 de noviembre de 2009

Fragmentos de un cuaderno manchado de vino



Hace quince años, un nueve de marzo de 1994, moría en la ciudad de Los Ángeles el que ha sido probablemente el último icono de la literatura mundial: Charles Bukowski. Tras de sí dejaba una carrera rebosante de poemas, relatos cortos, y seis magníficas novelas: Cartero, Mujeres, Factótum, La senda del perdedor, Hollywood y Pulp. Tras su muerte, su viuda, Linda Bukowski, con la ayuda de John Martin, dueño y señor de la editorial Black Sparrow Press, se han encargado de mantener viva su memoria, dando salida a una cantidad ingente de material que el viejo indecente había dejado escrito. Ese material inédito era sobre todo poesía: Lo más importante es saber atravesar el fuego, Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, Adelante y La gente parece flores al fin son algunos de los volúmenes póstumos que recopilan esos poemas. No obstante, estos días, la Editorial Anagrama acaba de publicar el libro Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, con el subtítulo de Relatos y ensayos inéditos 1944-1990, una colección de 36 relatos y ensayos más o menos críticos, que nos muestran al enfant terrible de la literatura estadounidense en plenitud de sus facultades. Antes de seguir adelante, me gustaría hacer una matización: estos textos no son inéditos o lo son sólo en castellano, ya que todos ellos proceden de revistas, prólogos de libros y volúmenes de homenaje a otros poetas. De hecho, al final del libro aparece un índice de procedencia de cada uno de los textos.
Fragmentos de un cuaderno manchado de vino supone un colofón perfecto a la obra bukowskiana. En estas páginas están todos los bukowskis que han sido: el viejo borracho, el follador empedernido, al ácrata descreído, el escritor que detesta al resto de la humanidad, empezando por los otros escritores, el escritor humorístico que hace que te desternilles de risa con ciertas situaciones, el surrealista, el escritor agradecido que rinde pleitesía a sus maestros, el pirado de los hipódromos, etc., etc. Y es que este libro compila verdaderas joyas. Empezando por “Consecuencias de una larga nota de rechazo”, el primer relato que el viejo Hank publicó en la revista Story en 1944, “El viejo indecente se confiesa”, un magnífico texto en primera persona donde Bukowski expone sus filias y sus fobias, o esa maravilla que es “Conozco al maestro”, en mi opinión, uno de los mejores relatos que han salido de la máquina de escribir de este escritor. Este relato fue publicado originalmente en dos partes en la revista Oui, en diciembre de 1984 y enero de 1985. En él cuenta, de una manera detallada, cómo llegó a conocer a uno de sus héroes de juventud, el escritor italoamericano John Fante y cómo, gracias a la ayuda que Bukowski le prestó, la figura de Fante recuperó el brillo de que había gozado en los años treinta y que se había desvanecido por avatares de la vida. En este relato el viejo Buk se nos revela como un maestro de la concisión. No me resisto a reproducir un fragmento de “Conozco al maestro”:

Para no alargarme: llegó y se fue un matrimonio. Tenía cientos de revistas con mis poemas publicados pero también las tenía todo el mundo; era algo así como limpiarse el culo o cambiarle un tubo con un escape a una lavadora. Pasaron las guerras y los años, y las novias dementes y los empleos dementes e inútiles. ¿Cómo relata uno 2 ó 3 décadas de desperdicio? En un instante. Es fácil. Los años son para desperdiciarlos.


Para los que ya conozcan la obra bukowskiana, este libro cierra el círculo. Si, por el contrario, nunca te has acercado al trabajo de Bukowski, ¿a qué estás esperando? Fragmentos de un cuaderno manchado de vino puede ser un comienzo perfecto. Buen provecho.

sábado 31 de octubre de 2009

El día que hablé con Paul Auster



No es por tirarme el rollo, ni por vacilar sin ton ni son, pero yo, un día hablé con Paul Auster. Tampoco es que eso me quite el sueño, que conste, pero yo un día hablé con Paul Auster. De hecho, casi que no me acordaba de esa historia, pero hoy, leyendo un libro sobre la ciudad de Nueva York, el autor contaba que había ido a la presentación de la novela Tombuctú, en un local neoyorquino llamado The Screening Room, y allí había visto a Paul Auster, incluso le había firmado un ejemplar de la novela, pero no había cruzado con él ni media palabra. Yo, sin embargo, sin moverme de Granada, hablé con él.
Fue en mayo de dos mil cuatro. Auster había venido a la ciudad de la Alhambra invitado por la Fundación García Lorca a un acto literario en la Huerta de San Vicente. El acto consistió en una entrevista que le hizo un profesor de literatura norteamericana de la Universidad de Córdoba. Por supuesto, la conversación tuvo lugar en inglés. Y entre que la acústica no era demasiado buena y la perorata en la lengua de Shakespeare, la mayoría de las tropecientas mil personas que había en la Huerta, apenas entendieron ni jota. Por cierto, recuerdo haber visto por allí a Miguel Ríos. Bueno, a lo que íbamos. Yo sabía que el Sr. Auster iba a firmar ejemplares de su obra, porque en gran medida, a eso había venido a España, a promocionar su última novela, que era, si mal no recuerdo, la magistral La noche del oráculo. Antes de salir de mi casa estuve pensando qué libro llevar para la firma. No era cuestión de llevarme la bibliografía completa, pues eso, más que sorprenderlo, probablemente, lo que haría sería cabrearlo. Así que se me ocurrió llevar alguno de los que tenía en versión original. Sólo tenía dos: The New York Trilogy (La trilogía de Nueva York) y True Tales of American Life, un libro que, en realidad no había escrito él, sino que era el fruto de numerosas colaboraciones por parte de los oyentes de un programa de radio, y Paul Auster sólo había actuado como editor, y que en nuestro país se llamó Creía que mi padre era Dios. Este fue el libro que yo decidí llevar para que el gran novelista americano me lo firmara. La cola era de unas doscientas personas, pero yo, ni corto ni perezoso, me coloqué, esperando mi turno, en aquella larga serpiente de lectores austerianos, cada uno de ellos con su ejemplar de color amarillo entre las manos. Un inciso: ya sabéis que los libros de Paul Auster en España los publica la Editorial Anagrama en su colección Contraseñas, y que los libros de esta colección son de ese color. Auster estaba sentado tras la misma mesa donde se había desarrollado el acto literario. A su izquierda, su hija, que por esos días, debía andar por los quince años, más o menos. Era una chica de larga melena rubia y ojos azules, atractiva, de rostro dulce, bastante parecida a su madre, la escritora Siri Hustvedt. Yo me daba cuenta, mientras avanzaba la cola, que el escritor no hablaba con nadie, tomaba el libro entre sus manos, garabateaba algo y en menos de diez segundos lo devolvía a su propietario o propietaria. Cuando llegó mi turno, le di mi ejemplar de True Tales of American Life. Lo tomó entre sus manos. Miró la portada. Luego despacio le dio la vuelta. Levantó la mirada y me preguntó: Where did you buy it? (¿Dónde lo has comprado?) In Amsterdam, respondí yo (lo había comprado en un viaje que hice a la capital holandesa). Se lo pasó a su hija y le dijo algo así como que aquella era la edición europea en inglés de aquel libro. La verdad es que la cubierta del libro es bastante chula y sorprendente. Se trata de una fotografía del fotógrafo Elliot Erwitt, datada en 1959, en la que se ven tres tipos vestidos con trajes de bailarina, incluidos los tutús de color rosa, tomando una copa en la barra de un bar, de la manera más natural posible. La chica tomó el libro entre sus manos blanquísimas, le echó un vistazo, sonrió y le dijo a su padre que la foto era muy divertida. Luego le devolvió el libro, el padre lo tomó, lo abrió por el lugar donde iba a firmar y me estampó allí su nombre en tinta azul. Sólo dos palabras: Paul Auster. Casi ilegible. Me lo devolvió y yo, amablemente, le di las gracias. You are welcome, respondió Paul Auster. Y eso fue todo.
PS: Por cierto, ¿alguien puede decirme qué fue de la actriz Mira Sorvino?

viernes 30 de octubre de 2009

El arte según Tom Waits



Cualquier arte debe sufrir retos, cambios, reinterpretaciones. Si no sobrevive, es que no vale la pena.

jueves 29 de octubre de 2009

Nueva York, Nueva York

Acabo de leer estos días dos libros que, curiosamente, comparten protagonista: La ciudad de Nueva York. El primero de ellos se titula El puente desafinado (Baladas de Nueva York) y su autor es un joven escritor (poeta, periodista y narrador) guipuzcoano llamado Harkaistz Cano, y fue publicado en el año 2003 por la editorial Erein. El segundo, editado en el año 2006 por RBA Libros, S. A., responde al nombre de Historias de Nueva York. Su autor, el periodista Enric González. Ambos libros son bastante parecidos, pero completamente distintos. Me explico. Las similitudes empiezan en las características de los dos libros. Dos volúmenes breves (se leen en muy poco tiempo), repletos de jugosas anécdotas sobre la ciudad de Nueva York: Sobre sus habitantes, sus restaurantes, sus equipos de béisbol, sus alcaldes, sus mafiosos, su policía, su arte, sus taxistas, sus multimillonarios, sus imponentes rascacielos, sus traficantes de drogas, sus ratas, su basura, sus parques, sus puentes, su Wall Street, sus películas, su literatura, sus miles de olores y sabores, en definitiva, sobre esas calles que contienen el mundo entero sin salir de un espacio geográfico determinado. No en vano, cuenta González que entre los primeros cuatrocientos habitantes de Nueva York se hablaban dieciocho idiomas distintos, aunque todas estas personas procedían de Amsterdam.
A partir de ahí todo es distinto: Tanto Cano como González llegaron a la ciudad para trabajar como corresponsales de sus respectivos periódicos. El primero, en 1998: el segundo en el año 2000. El primero no vivió en directo la caída apocalíptica de las Torres Gemelas: el segundo, aunque estaba en el país, no estaba aquel fatídico 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York. Así que tampoco la vivió in situ. El libro de Harkaistz Cano está escrito en primera persona, y cuenta, digamos, sus aventuras y desventuras durante un período más o menos de un año de estancia en Nueva York. Pero sus vivencias se ven salpicadas, aquí y allá, por jugosos datos sobre la gran urbe americana, curiosidades que sorprenden al lector. El libro de Enric González es más, en mi opinión, un tratado sociológico, histórico, deportivo (escrito con mucha amenidad, que nadie se asuste) sobre Nueva York. González, que fue corresponsal allí del diario El País, bucea en la historia de esta ciudad para tratar de comprender por qué es como es en nuestros días. En mi opinión ambos libros se complementan perfectamente y a cualquiera que le interese el tema debería leerlos uno detrás de otro.
Escribe Enric González al comienzo de su libro: “Los libros sobre ciudades suelen ser de dos tipos: embelesadas historias de amor o crónicas de una decepción.” Pues estos dos libros no son ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Totalmente recomendables.

lunes 26 de octubre de 2009

Como cada día...

Y le doy las gracias a Dios porque no me importe nada
Lou Reed
Como cada día
durante los últimos diez años,
el ángel yonki se sentó
en el único sillón
que quedaba en la casa.
Así comenzaba el ritual.
Sacó
una pequeña cantidad
de heroína pura
—parecía azúcar moreno—
de una bolsita transparente.
La colocó cuidadosamente
en una cucharilla de café,
añadió unas gotitas de agua
y, después, aplicó un hilillo de calor
con la llama azulina
de un mechero barato.
Mientras la mezcla se cocía,
su olor iba expandiéndose
por toda la sala.
Era un olor difícil de describir,
pero a él siempre le hacía pensar
en pájaros volando después de la lluvia.
Luego se ató
un trozo de goma
en la parte superior del ala.
Tomó entre sus dedos
sarmentosos
una jeringuilla de plástico
—no acertaba a comprender
cómo algunos yonkis
odiaban la jeringa—,
la acercó a la cucharilla
y absorbió la mezcla.
Respiró hondo,
una, dos, tres veces
y acercó la finísima aguja a la vena,
a punto de explotar.
La clavó despacio.
Y empezó a apretar el émbolo.
El néctar —este era el nombre
que a él le gustaba usar—
se abría paso por la marea roja
con la fuerza de un huracán.
Y llegaba hasta el rincón
más alejado de su cuerpo.
Un sonido fino, brillante,
como de mercurio líquido
—ahora pensaba en Dylan—,
empezaba a llenar la habitación.
Una felicidad invisible
se iba apoderando,
milímetro a milímetro,
de todo su ser.
Y la oscuridad daba paso
a la luz más hermosa
y el dolor dejaba de ser
una sensación física
para convertirse
en un recuerdo borroso
y él volvía a creer
—aunque fuese sólo
por unos instantes—
en la bondad infinita
del universo.
Y en esos momentos
no le preocupaba,
en absoluto,
haber sido expulsado
del Paraíso
para toda la Eternidad.


(Este poema pertenece a un libro cuyo título es Ángeles en el exilio y que, a día de hoy, permanece inédito, esperando, agazapado, su momento...)

sábado 24 de octubre de 2009

Presentación en Granada de "Versos de alambre de espino"

El próximo día 5 de noviembre, a las siete de la tarde, en la Casa de los Tiros de Granada, tendrá lugar la presentación de mi poemario Versos de alambre de espino, con la intervención de Juanfran Molina, crítico musical y autor del prólogo. Después de sus palabras, leeré algunos poemas. Ni que decir tiene que estáis todas y todos invitados.

viernes 23 de octubre de 2009

El padre de Miguelito

El hombre estaba allí en contra de su voluntad. De hecho, en ese mismo momento, se le ocurrían al menos setenta y ocho sitios distintos donde podía haber estado, en vez de permanecer allí sentado, en silencio, frente a aquella mujer que lo apabullaba con su jerga incomprensible. Lo habían llamado por teléfono, le habían escrito cartas, e incluso, le habían llegado a enviar un telegrama. ¡Por Dios bendito, un telegrama! ¡Si los telegramas eran cosa de otro siglo! Hasta que no le quedó más remedio que ir a verla. Y allí estaba ahora, sentado frente a la psicóloga del colegio donde estudiaba su hijo. Pero en contra de su voluntad. Nunca, ni aunque viviera cien años, hubiera ido allí de manera voluntaria. Así que usted es el padre de Miguelito, le había dicho la mujer al llegar, sin esperar respuesta, pues ella sabía perfectamente que él era el padre de Miguelito. Pues siéntese que tenemos que hablar largo y tendido sobre su hijo. Al hombre todo aquello le molestaba sobremanera. No entendía por qué todo aquel rollo con su hijo. Qué coño tenía de malo que el niño no quisiera hablar con los demás niños. Si uno se para a pensarlo un poco, esa es la actitud inteligente, no hablar con el resto de los mortales, total, para lo que le va a servir a uno hablar con la gente, pensaba el hombre. Y en cuanto a lo de la agresividad de los cojones, ¿es que los otros niños no se pegaban entre ellos?, ¿sólo su hijo se peleaba con los compañeros? Él estaba harto de ir al parque con Miguelito y allí era frecuente ver a los niños peleándose por cualquier tontería. Joder, no se podía creer que esta gente fuese tan tocapelotas. ¡Panda de incompetentes!
La psicóloga, una mujer atractiva, de unos cuarenta y cinco años más o menos, vestida de manera informal, el pelo recogido en una cola de caballo, los ojos grandes como platos, y una amabilidad a todas luces impostada, empezó a exponerle su teoría sobre el comportamiento de Miguelito, su pequeño de seis años. Treinta segundos después el hombre se había perdido por completo. No entendía ni una palabra. Simplemente era como si le hablasen en un idioma incomprensible. De vez en cuando le llegaban retazos de conversación, palabras sueltas, palabras como diagnóstico, test, autismo, déficit, atención, y algún nombre raro, que al hombre le sonaba a marca de salsa para las patatas fritas o de aceite para el coche. Entonces, ¿está usted de acuerdo?, oyó el hombre que le decían, pero sin ser capaz de descifrar el mensaje. La psicóloga pensó que el silencio del hombre significaba su aceptación, su compromiso, pensó que aquella era su manera de ponerse en sus manos y acatar, sin rechistar, sus decisiones. Pensó que los ojos silenciosos y asustados del hombre le otorgaban su beneplácito. Haz lo que consideres oportuno. De los dos, tú eres la única que sabe de qué va esta película, para eso has estudiado en la universidad y has hecho miles de cursos y másters y prácticas, pareció entender la mujer en el rostro confuso del hombre. Así que ella continuó hablando, sin detenerse ni un solo segundo, sin apenas respirar, girando eternamente sobre su propio eje, soltando un rollo aprendido en una clase a la que había asistido veinte años atrás, sin darse cuenta de que el padre de Miguelito estaba viajando, en aquel mismo momento, por otra galaxia, un lugar personal e intransferible, en el que se mezclaban a partes iguales, el último gol de Messi, la cola del paro, ir a cortarse el pelo en cuanto tuviera ocasión y comprar un par de botellas de vino de oferta en el supermercado del barrio. ¡Pero que coño hace!, gritó la psicóloga de pronto. El hombre, en ese mismo momento, recuperó la consciencia, o por decirlo de alguna manera que todo el mundo lo entienda, bajó de su nube. Su mano derecha estaba palpando la teta izquierda de la psicóloga. Sin saber cómo, sin ninguna explicación lógica ni coherente, su mano se había movido por su cuenta, como un animal acorralado, dirigiéndose hacia la teta de la mujer, que dicho de paso, era pequeña y redondita y estaba encerrada en un sujetador con relleno. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, se quedó parado, sin reaccionar, mientras la psicóloga, cabreada, seguía dando alaridos. El hombre permanecía con la mano sobre el pecho, encogido, aterrorizado, perdido en una nebulosa de palabras extrañas, pensando que él, lo que quería de verdad en aquel preciso instante, era estar tirado en su sofá, en pijama, viendo a las chicas de la teletienda vendiendo un aparato para hacer abdominales sin moverte de la cama.